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Que levante la mano quien nunca se haya llevado el móvil o la tableta a la cama para revisar unos correos, mandar unos mensajes por WhatsApp, cotillear el Facebook o echar un ojo a lo último de Twitter. «Unos minutos y me duermo», y casi una hora después con los ojos como platos, «pues total como ya no tengo sueño, sigo un rato». Y así, uno casi sin darse cuenta le ha robado al descanso nocturno unas preciosas horas que al día siguiente se echan de menos. Y lo que empieza como un hecho puntual, «se ha convertido en un hábito de la población, que al final conduce a la consulta un problema grave de insomnio, que hemos visto que se ha agravado en los últimos cinco años», subraya Francisco Ferré Navarrete, jefe de Servicio de Psiquiatría del Hospital Universitario Gregorio Marañón de Madrid.

Como detalla Farré Navarrete esta es una situación con un impacto psicológico y biológico en las personas. «La luz de las pantallas procedentes de dispositivos móviles (teléfonos, tabletas, portátiles…) denominada azul o ‘‘blue-light’’ altera la secreción de melatonina, la inhibe. Al suceder esto, sin esta hormona que ayuda y favorece la conciliación del sueño, y por ende, el descanso nocturno, éste no existe y la persona empieza a sufrir episodios de insomnio», explica el jefe de Servicio del Marañón. Este es un problema serio en la población más joven. «La mayoría de los adolescentes y hasta un 30% de los niños de los menores de edad tienen sueño insuficiente por el uso de dispositivos móviles», apunta Arantza Campo Ezquibela, del Servicio de Neumología y responsable de la Unidad de Sueño de la Clínica Universidad de Navarra.

En estas edades el insomnio tecnológico agudiza un trastorno bastante frecuente como es el retraso de fase, que es un desfase horario del patrón de sueño biológico con el real en adolescentes. «Lo primero que hay que hacer no es sólo desaconsejar su uso, sino ser tajantes y prohibirlos a partir de las 21-22 horas. Y así evitar el retraso en la producción de la melatonina, y en consecuencia el sueño», comenta Milagros Merino Andreu, coordinadora de la Unidad de Trastornos Neurológicos del Sueño del Hospital Universitario La Paz de Madrid. Además, «el contenido de los mismos, como los juegos, provoca una estimulación neuronal o emocional, lo que eleva la activación cerebral, cuando debe suceder lo contrario», añade Campo Ezquibela. Y así, lo que parece un episiodio puntual de insomnio, se convierte en «un problema crónico porque la rutina de este ‘‘mal uso’’ de la tecnología así lo establece», explica Odile Romero, secretaria general de la Sociedad Española del Sueño.

Un equipo de investigadores de Boston (EE UU), del Brigham Women’s Hospital (BWH) llevó a cabo una investigación para conocer el impacto del uso de dispositivos digitales antes de dormir frente a la lectura de libros impresos. Durante el estudio de dos semanas, doce participantes leyeron e-Books en un iPad durante cuatro horas antes de acostarse cada noche durante cinco días consecutivos. Esto fue repetido con libros impresos. La orden fue aleatorizada con algunos leyendo primero el iPad y otros el libro impreso. Los participantes que leían en la tableta tardaron más en conciliar el sueño, tenían menos somnolencia por la noche y pasaban menos tiempo en la fase REM.

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